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El arte de amar

Hace un rato, he mantenido una breve pero intensa conversación con una amiga que no está pasando por su mejor momento emocional y que está atravesando una fuerte crisis de pareja. Amar es realmente difícil y, cómo dice Erich Fromm, es todo un arte. Un arte difícil de dominar como demuestra la gran cantidad de enamoramientos y desenamoramientos que se producen a nuestro alrededor a un ritmo de vértigo.

“El amor y la muerte no tienen historia propia”, afirma con gran contundencia Zygmunt Bauman en su obra El Amor Líquido. Son acontecimientos del tiempo humano, cada uno de ellos independiente, no conectado a otros acontecimientos similares, salvo en las composiciones humanas retrospectivas, ansiosas por localizar -por inventar- esas conexiones y comprender lo incomprensible. Y por eso es imposible aprender a amar, tal como no se puede aprender a morir. Y nadie puede aprender el elusivo -el inexistente aunque intensamente deseado- arte de no caer en sus garras, de mantenerse fuera de su alcance. Cuando llegue el momento, el amor y la muerte caerán sobre nosotros, a pesar de que no tenemos ni un indicio de cuándo llegará ese momento. Sea cuando fuere, nos tomarán desprevenidos. En medio de nuestras preocupaciones cotidianas, el amor y la muerte surgirán de la nada.

Dice Bauman que el amor parece gozar de un estatus diferente que los otros acontecimientos excepcionales. De hecho, podemos enamorarnos más de una vez y algunas personas se enorgullecen o se quejan de que se enamoran y se desenamoran con demasiada facilidad. Esa súbita abundancia y aparente disponibilidad de “experiencias amorosas” llega a alimentar la convicción de que el amor es una destreza que se puede aprender y que el dominio de esa materia aumenta con el número de experiencias y la asiduidad del ejercicio. Sin embargo, sólo es otra ilusión… Se puede aprender a desempeñar una actividad que posee un conjunto de reglas invariables que se corresponden con un entorno estable, monótonamente repetitivo que favorece el aprendizaje, la memorización y el paso a la práctica. En un entorno inestable, la retención y la adquisición de hábitos no sólo son contraproducentes, sino que sus consecuencias pueden resultar fatales.

Erich Fromm afirma que si dos personas desconocidas dejan caer de pronto la barrera que las separa y se siente cercanas, se sienten uno, ese momento de unidad constituye uno de los más estimulantes y excitantes de la vida. Sin embargo, tal tipo de amor es, por su misma naturaleza, poco duradero. Las dos personas llegan a conocerse bien, su intimidad pierde cada vez más su carácter milagroso, hasta que su antagonismo, sus desilusiones, su aburrimiento mutuo, terminan por matar lo que pueda quedar de la excitación inicial. No obstante, al comienzo no saben todo esto: consideran la intensidad de apasionamiento , ese estar locos el uno por el otro, como una prueba de la intensidad de su amor, cuando sólo muestra el grado de su soledad anterior.

Como dice Jorge Bucay en su libro “Amarse con los ojos abiertos” (el mejor que he leído de este autor), “esta es la maravilla del enamoramiento: dejamos de pelear con nosotros mismos por un tiempo”. Dice Bucay que muchas parejas terminan separándose porque creen que con otro sería distinto y, por supuesto, después se encuentran con situaciones similares en las que lo único que ha cambiado es el interlocutor.

Bucay explica, en boca de uno de sus personajes, que en nuestra cultura se confunden las cosas y no se acepta que pueda querer mucho a mi pareja y a la vez que pueda disfrutar con otras personas. Partimos siempre de la falsa idea de que la persona adecuada puede y debe darme todo lo que necesito. ¿Por qué no empezar a cambiar la mentalidad y validar lo que está ocurriendo en lugar de seguir intentando relaciones imposibles? Aceptaremos en última instancia lo que es obvio: que en realidad sí que podemos amar a varias personas a la vez, aunque nos relacionemos con ellas de diferentes maneras.

No existe ninguna otra actividad que se inicie con tan tremendas esperanzas y expectativas, y que, no obstante, fracase tan a menudo como el amor, sentencia Fromm. Sin embargo, cuando surge nos transforma. Dure poco o mucho, sea platónico o correspondido, el amor provoca una profunda transformación vital.  Y esta transformación nos acompaña el resto de nuestros días….Queramos o no….

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