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¿Hay verdaderos maestros en nuestras escuelas?

“Un maestro afecta a la eternidad; nunca sabe dónde termina su influencia”.

Henry Adams.

Revisando un libro leído hace ya mucho tiempo, “Martes con mi viejo profesor”, de Mitch Albom, me he vuelto a emocionar con muchas de sus palabras y me he dado cuenta de que las enseñanzas del viejo Morrie se pueden aplicar en gran parte al ámbito educativo.

Se trata de una obra que nació de los encuentros de cada martes entre el autor, periodista de profesión, y su antiguo profesor de la universidad, Morrie Schwartz, enfermo terminal de ELA, una enfermedad degenerativa. Morrie impartió la última asignatura de su vida dando una clase semanal en su casa focalizada en el Sentido de la Vida, una asignatura impartida a partir de la experiencia propia y que cubría muchos temas: el amor, el trabajo, la comunidad, la familia, la vejez, el perdón y, por último, la muerte.

“¿Has tenido realmente alguna vez un maestro?” pregunta Mith al final del libro. “¿Un maestro que te viera como algo en bruto pero precioso, como una joya que, con sabiduría, podía pulirse para darle un brillo imponente? Si tienes la suerte suficiente para encontrar el camino que conduce a maestros así, siempre encontrarás el camino para volver a ellos”.

Desgraciadamente, la presencia de este tipo de maestros en nuestras escuelas es muy minoritaria, lo que indudablemente influye en el nivel de felicidad que tendrán los futuros adultos de nuestra sociedad.

Según Morrie, puede ser peor vivir toda un vida infeliz que enfrentarse a la muerte.  “Morirse no es más que una de las cosas que nos entristecen. Vivir infelices es otra cosa. La cultura que tenemos no hace que las personas se sientan contentas consigo mismas. Estamos enseñando cosas equivocadas. Y uno ha de tener la fuerza suficiente para decir que si la cultura no funciona, no hay que tragársela. Uno tiene que crearse la suya. La mayoría de personas no son capaces de hacerlo. Son más infelices que yo, aun en la situaci´pon en que me encuentro ahora. Aunque me esté muriendo, estoy rodeado de almas llenas de amor y de cariño. ¿Cuántas personas pueden decir lo mismo?”

En uno de sus encuentros, Morrie le pregunta a Mitch: “¿te he hablado de la tensión de los opuestos? La vida es una serie de tirones hacia atrás y hacia adelante. Quieres hacer una cosa pero estás obligado a hacer otra diferente. Algo te hace daño, pero tú sabes que no debería hacértelo. Das por supuestas ciertas cosas, aunque sabes que no deberías dar nada por supuesto. Es una tensión de opuestos, como una goma elástica estirada. Y la mayoría de nosotros vive en un punto intermedio.

“Estamos muy absortos en asuntos egocéntricos, en nuestra carrera profesional, en la familia, en tener dinero suficiente, en pagar la hipoteca, en comprarnos un coche nuevo, en arreglar el radiador cuando se rompe; estamos muy ocupados con billones de actos pequeños que sólo sirven para salir adelante. De modo que no adquirimos la costumbre de contemplar nuestras vidas desde fuera y decirnos: ¿esto es todo? ¿es esto todo lo que quiero? ¿me falta algo? Necesitas que alguien te empuje en ese sentido. No va a ocurrir de manera automática”.

Sí, todos necesitamos maestros en nuestras vidas y deberíamos movilizarnos para que verdaderos maestros se incorporen a las escuelas. Y, en este sentido, las oposiciones basadas en criterios memorísticos son la peor forma de seleccionar a un personal válido para las verdaderas asignaturas de esta vida: el desarrollo de la inteligencia emocional y de la marca personal de nuestros hijos.

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Minutos sabáticos

Me ha encantado el artículo firmado hoy en La Vanguardia por Ángel Castiñeira y Josep M. Lozano, profesores de ESADE, bajo el título “El minuto sabático”.

Dicen los profesores, recordando a Pascal, que “todos los problemas de los hombres vienen de no saber estar solos en una habitación” y reivindican el desarrollo de una capacidad humana que nos permite estar inmersos en la acción sin quedar atrapados por ella; la creación de un espacio interior que nos permite estar en la accióny ser nosotros, y no confundirnos con el papel que ejercemos. El desarrollo de esta capacidad requiere disponibilidad, propósito y decisión.

En el mundo actual, argumentan, “valoramos la polivalencia, la capacidad de ser un profesional multitarea. Es la apoteosis de la atención dispersa, que no hace más que consolidar la ansiedad y el estrés. Y cuando hablas a fondo con profesionales sobre su vida profesional, siempre acabas encontrando el anhelo de querer trabajar desde una atención centrada, que no es vivir sin tensiones, sino poder vivir y actuar sin perder el centro de sí mismos”.

Castiñeira y Lozano se sorprenden de la frecuencia de la “fantasía sabática”, el disponer de un año de retiro sabático, aunque afirman que son muy pocos los que dan el paso. “La fantasía sabática no es más que la reedición del autoengaño de creer que yo sería capaz de conectar con lo mejor de mí mismo en cualquier parte del mundo menos en el lugar en el que ahora estoy”.

Frente a esta fantasía, defienden el “minuto sabático”. “Podemos crear minutos sabáticos cada día”, proclaman, “que nos invitan a estar conectados con nosotros mismos y no con lo que hemos hecho antes o con lo que vamos a hacer inmediatamente”.

La verdad es que, sin estos momentos sabáticos, difícilmente lograremos ser libres.

“Serás libre, no cuando tus días no tengan preocupaciones ni tus noches penas o necesidades, sino cuando todo ello aprisione tu vida y, sin embargo, tú logres sobrevolar, desnudo y sin ataduras”, dice Jalil Gibran.

Con esta cita empieza precisamente el capítulo titulado “El adulto libre: el desaprendizaje” del libro de Elsa Punset, “Brújula para navegantes emocionales” que se centra fundamentalmente en la importancia de la inteligencia emocional en la educación de nuestros hijos.

Dice Punset que tendríamos que exigir a nuestro sistema educativo que enseñasen el mecanismo que lleva a la honestidad intelectual: la capacidad para cuestionar cada a priori, de mirar críticamente, de no perder la objetividad, de ser capaz de escuchar y analizar todas las facetas de una experiencia, de aprender y de desaprender. Citando al escritor Alvin Toffler afirma que “en el futuro, la definición del analfabetismo no será la incapacidad de leer, sino la incapacidad de aprender, desaprender, y volver aprender”.

La honestidad intelectual, dice E. Punset, nos obliga a reconsiderar buena parte de las verdades aprendidas en el hogar de nuestros padres y en el mundo exterior, creando un caparazón emocional y mental que nos impide movernos en la dirección que realmente desearíamos. “Muchas personas pasan su vida entera al dictado de las verdades de los demás y al final pierden la capacidad de saber quiénes son ellas de verdad y qué desean aportar al mundo. Han sido entrenados desde la infancia para aprender sin cuestionar”, concluye.

La semana pasada una entrevista de La Contra de La Vanguardia llamó mucho mi atención. El protagonista era Guruji Sri Vast, definido como maestro espiritual, quien afirmaba que “desde niños se nos aleja de la inteligencia natural. Acumulamos información pero pocas experiencias”.

Su definición de sí mismo me impresionó: “No pertenezco a ningún país, religión o estructura. Soy un simple ser que quiere vivir este día: realizarse, percibir la belleza”.

“Somos únicos, jamás ha nacido ni nacerá nadie igual y eso es lo que me inspira: ver seres únicos”, afirma Sri Vast. Un canto impresionante a la necesidad de marca personal.

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