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Poesía de lo cotidiano

Explica José Antonio Marina en uno de sus artículos que suele recomendar a sus alumnos que lean poesía, pero no con un mero afán receptivo, sino con una pretensión expresiva. “Hemos insistido demasiado en el momento asimilador de la lectura”, afirma. “Hay que leer, sin duda, pero ¿por qué y para qué?” Porque mediante la lectura aprovechamos la experiencia de la humanidad, contenida en los libros. Hay que leer para expresar. Expresar es exprimir nuestra inteligencia: pensar, hablar, conversar, actuar. Se expresa con la palabra, con el sentimiento, con la acción. La pasividad nos mata, porque nos hace sumisos, y limita nuestras posibilidades.

La poesía enseña a mirar las cosas de otra manera. La poesía recupera el brillo perdido de la realidad.

Nada está acabado, sigue Marina. La realidad entera está ahí esperando a ver lo que hacemos los humanos con ella, qué posibilidades descubrimos. Todo se puede pensar de otra manera, decir de otra manera, amar de otra manera. Valorar lo que tenemos es parte de la gran poesía de la cotidiano. “No encontramos suficientes cosas bellas” decía Van Gogh.

Poetizar las formas de vida supone escapar de la mediocridad y la rutina. Es precisamente por esta razón que desde hace un tiempo tengo la costumbre de empezar el día leyendo y compartiendo la poética cotidiana que transmiten cada mañana las entrevistas de La Contra de La Vanguardia, entrevistas a personas variopintas y muy distintas pero que, en general, tienen en común hacernos ver la vida con otros ojos, abriendo la mente a nuevas ideas y puntos de vista.

También a la poética de lo cotidiano se refiere Ángeles Caso en su magnífico artículo “Lo que quiero ahora” publicado hace unos meses.

“Será porque tres de mis más queridos amigos se han enfrentado inesperadamente a enfermedades gravísimas” dice A. Caso, ” o tal vez porque, a estas alturas de mi existencia, he vivido ya las suficientes horas buenas y horas malas como para empezar a colocar las cosas en su sitio. El caso es que tengo la sensación –al menos la sensación– de que empiezo a entender un poco de qué va esto llamado vida. Y ahora, en este momento de mi vida, no quiero casi nada. Tan sólo la ternura de mi amor y la gloriosa compañía de mis amigos. El recuerdo dulce de mis muertos. Un par de árboles al otro lado de los cristales y un pedazo de cielo al que se asomen la luz y la noche. El mejor verso del mundo y la más hermosa de las músicas. Quiero toda la serenidad para sobrellevar el dolor y toda la alegría para disfrutar de lo bueno. Un instante de belleza a diario“.

La belleza está en todas partes, incluso cuando el dolor nos rodea. La belleza puede estar en una mirada, en unas palabras escritas después de una mala noticia, o incluso en el deseo de un abrazo que nunca se materializará. Lo cierto es que sólo los poetas son capaces de expresar de verdad esta belleza. A ellos me remito.

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