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Los enamoramientos

Esta semana he empezado a leer Los enamoramientos, la nueva novela de Javier Marías con la que nos ha obsequiado RocaSalvatella en este Sant Jordi 2011. Lo que, de momento, más me ha llamado la atención de esta obra es la magistral descripción de momentos puramente cotidianos, insignificantes y a la vez memorables, con los que todos podemos sentirnos plenamente identificados.

María Dolz, la narradora y protagonista, describe minuciosamente su cautivación diaria por una pareja que frecuentaba la misma cafetería que ella cada mañana, a la hora del desayuno. “Lo había visto muchas mañanas y lo había oído hablar y reírse, casi todas a lo largo de unos años, temprano, no demasiado, de hecho yo solía llegar al trabajo con un poco de retraso para tener la oportunidad de coincidir con aquella pareja un ratito, no con él, sino con los dos, eran los dos los que me tranquilizaban y me daban contento, antes de empezar la jornada. Se convirtieron casi en una obligación. No, la palabra no es adecuada para lo que nos proporciona placer y sosiego. Quizá en una superstición, aunque tampoco: no es que yo creyera que me iba a ir mal el día si no compartía con ellos el desayuno, quiero decir a distancia; era sólo que lo iniciaba con el ánimo más bajo o con menos optimismo sin la visión que me ofrecían a diario, y que era la del mundo en orden, o si se prefiere en armonía. Bueno, la de un fragmento diminuto del mundo que contemplábamos muy pocos, como pasa con todo fragmento o vida, hasta la más pública o expuesta”.

Para María, su mundo en orden era el sinónimo de la normalidad que describe Antonio Muñoz Molina en Ventanas de Manhattan: “uno quiere, ante todo, creer que la normalidad no va a romperse, y se aferra a sus hábitos con más fuerza que nunca en medio de una crisis que en cualquier momento podría destruirlos, como si al repetir lo que ha estado haciendo cada día asegurara su propia perduración, segregara una sustancia que lo irá protegiendo. Acomodarse casi de cualquier manera a un principio mínimo de normalidad es seguramente un método instintivo de supervivencia: pero también puede ser una forma pasiva de autodestrucción, un resignarse anticipadamente a la inevitabilidad del fin”.

Igual como María, también a Muñoz Molina le gustaba ver pasar la vida en un café de Manhattan. “El café es un buen sitio para ver pasar la vida, para observar de cerca y a la vez no comprometerse, no sentirse atrapado o encerrado. En casa uno fácilmente puede sentirse encerrado, agobiado por la falta de horizonte, por la excesiva familiaridad de las cosas. En el café se es a la vez sedentario y transeúnte, y si uno tiene la suerte de ocupar una mesa junto al ventanal, la situación es admirable, perfecta: uno es la estampa involuntaria del desconocido que mira la calle tras los cristales del café, y esa figura, ese anonimato, le concede una visión alejada y un poco novelesca de sí mismo. Escribiendo en el café uno no se aparta del mundo exterior para recluirse en la claustrofobia de la literatura. Lo que se escribe en el café queda empapado, transido por las cosas que están ocurriendo alrededor de uno, tiene una respiración más generosa, una cualidad de inmediatez, de azar, de la que carece la escritura hecha en el cuarto de trabajo”.

De golpe, la muerte rompe el orden cotidiano de María Dolz y del resto de protagonistas de la novela provocando un dolor  y una aflicción que, como dice Anthony de Mello en su obra Llamada al Amor revelan la dependencia hacia los demás. De Mello reta a sus lectores a conocer una forma de medir su grado de rigidez y de inercia: “Observa el dolor que experimentas cuando pierdes una persona, una cosa o una idea muy querida. ¿Por qué te aflige tanto la muerte de un ser querido? Porqué nunca te has parado a pensar seriamente que todas las cosas cambian, pasan y mueren.  Para vivir debes afrontar la realidad y liberarte del temor a perder las personas, adquirir el gusto por la novedad, el cambio y la incertidumbre. Si lo que ambicionas es la vida debes buscar el optimismo de la libertad”.

Las cosas comunes que nos rodean durarán más que nosotros dice Borges: No sabrán nunca que nos hemos ido. Cierto, muy cierto.

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