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Minutos sabáticos

Me ha encantado el artículo firmado hoy en La Vanguardia por Ángel Castiñeira y Josep M. Lozano, profesores de ESADE, bajo el título “El minuto sabático”.

Dicen los profesores, recordando a Pascal, que “todos los problemas de los hombres vienen de no saber estar solos en una habitación” y reivindican el desarrollo de una capacidad humana que nos permite estar inmersos en la acción sin quedar atrapados por ella; la creación de un espacio interior que nos permite estar en la accióny ser nosotros, y no confundirnos con el papel que ejercemos. El desarrollo de esta capacidad requiere disponibilidad, propósito y decisión.

En el mundo actual, argumentan, “valoramos la polivalencia, la capacidad de ser un profesional multitarea. Es la apoteosis de la atención dispersa, que no hace más que consolidar la ansiedad y el estrés. Y cuando hablas a fondo con profesionales sobre su vida profesional, siempre acabas encontrando el anhelo de querer trabajar desde una atención centrada, que no es vivir sin tensiones, sino poder vivir y actuar sin perder el centro de sí mismos”.

Castiñeira y Lozano se sorprenden de la frecuencia de la “fantasía sabática”, el disponer de un año de retiro sabático, aunque afirman que son muy pocos los que dan el paso. “La fantasía sabática no es más que la reedición del autoengaño de creer que yo sería capaz de conectar con lo mejor de mí mismo en cualquier parte del mundo menos en el lugar en el que ahora estoy”.

Frente a esta fantasía, defienden el “minuto sabático”. “Podemos crear minutos sabáticos cada día”, proclaman, “que nos invitan a estar conectados con nosotros mismos y no con lo que hemos hecho antes o con lo que vamos a hacer inmediatamente”.

La verdad es que, sin estos momentos sabáticos, difícilmente lograremos ser libres.

“Serás libre, no cuando tus días no tengan preocupaciones ni tus noches penas o necesidades, sino cuando todo ello aprisione tu vida y, sin embargo, tú logres sobrevolar, desnudo y sin ataduras”, dice Jalil Gibran.

Con esta cita empieza precisamente el capítulo titulado “El adulto libre: el desaprendizaje” del libro de Elsa Punset, “Brújula para navegantes emocionales” que se centra fundamentalmente en la importancia de la inteligencia emocional en la educación de nuestros hijos.

Dice Punset que tendríamos que exigir a nuestro sistema educativo que enseñasen el mecanismo que lleva a la honestidad intelectual: la capacidad para cuestionar cada a priori, de mirar críticamente, de no perder la objetividad, de ser capaz de escuchar y analizar todas las facetas de una experiencia, de aprender y de desaprender. Citando al escritor Alvin Toffler afirma que “en el futuro, la definición del analfabetismo no será la incapacidad de leer, sino la incapacidad de aprender, desaprender, y volver aprender”.

La honestidad intelectual, dice E. Punset, nos obliga a reconsiderar buena parte de las verdades aprendidas en el hogar de nuestros padres y en el mundo exterior, creando un caparazón emocional y mental que nos impide movernos en la dirección que realmente desearíamos. “Muchas personas pasan su vida entera al dictado de las verdades de los demás y al final pierden la capacidad de saber quiénes son ellas de verdad y qué desean aportar al mundo. Han sido entrenados desde la infancia para aprender sin cuestionar”, concluye.

La semana pasada una entrevista de La Contra de La Vanguardia llamó mucho mi atención. El protagonista era Guruji Sri Vast, definido como maestro espiritual, quien afirmaba que “desde niños se nos aleja de la inteligencia natural. Acumulamos información pero pocas experiencias”.

Su definición de sí mismo me impresionó: “No pertenezco a ningún país, religión o estructura. Soy un simple ser que quiere vivir este día: realizarse, percibir la belleza”.

“Somos únicos, jamás ha nacido ni nacerá nadie igual y eso es lo que me inspira: ver seres únicos”, afirma Sri Vast. Un canto impresionante a la necesidad de marca personal.

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La felicidad en el trabajo

“Hoy, ayer y mañana, nos encontramos con muchas personas que están buscando trabajo teniendo ya uno por no estar satisfechos con el que tienen. Hay un montón de subempleo, de empleo precario, de sueldos insuficientes y de insatisfacción con el empleo que se tiene que hace que se busque algo mejor casi de modo permanente.

Lo que se encuentra es mejor que lo que se dejó, pero no es maravilloso. Y seguimos buscando… Y es socialmente muy ineficiente, porque todos los esfuerzos que se dedican a la búsqueda se podrían dedicar a algo productivo si no hiciera falta buscar más. La cultura de la eficacia instalada en el mundo empresarial está en el origen de todo esto. Es la que exige resultados concretos y tangibles a corto plazo. Únicamente. Valor para los accionistas, para ser más concretos. Sin más.

Para ello la dirección aprieta las clavijas en horarios, en resultados y en sueldo. Parece como si la empresa fuera un gran ídolo al que hay que sacrificar la felicidad de las personas. Para que las personas sean ricas tienen que ser desgraciadas. Y, según muchos psiquiatras, es lo que estamos consiguiendo: ser cada vez más ricos y más desgraciados. Hay que sustituir la cultura de la eficacia por la de la satisfacción, que busca satisfacer todas las necesidades de clientes y empleados, no sólo las económicas”.

Esta interesante reflexión se publicó el pasado domingo en La Vanguardia en un artículo titulado “Buscando Trabajo” firmado por Rafael Andreu y Josep M. Rosanas, profesores del IESE. Sus argumentos me han hecho pensar en las tesis de Eduard Punset en el interesante libro que actualmente estoy leyendo, “El Viaje a la Felicidad”.

En él se argumenta que la psicología moderna llega a la conclusión que para que la felicidad perdure más allá de un instante es necesario que sea fruto del sentido que da a la vida un determinado compromiso. En este sentido, el aumento de los niveles de infelicidd en el mundo actual se explica por una inversión excesiva en bienes materiales en detrimento de valores de mantenimiento más intangibles. Aunque es algo obvio, no siempre queremos darnos cuenta. Así que reflexiones como estas en periódicos generalistas me parecen sumamente necesarias. Esperemos que no sea la última.

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Aprender a vivir

Estos últimos meses he estando dando constantes vueltas al tema de la educación de mis hijas y mi reflexión ha experimentado una evolución importante.

Todo empezó con la rabia y la frustración al ver que un sorteo nos dejaba fuera del colegio que habíamos elegido para el próximo curso en que la mayor debe iniciar educación infantil (P3).  Unos criterios absurdos impuestos por la Generalitat de Catalunya que impiden ejercer el libre derecho a la elección de colegio y del tipo de educación que deseas nos afectaban de pleno.

Ahora, una vez asumido que no podremos matricularla dónde queríamos,pienso que el disgusto no era para tanto. En realidad, ningún colegio de los que tenemos alrededor destaca por encima de otro en aspectos clave. Y, lo que es más importante, ninguno de ellos desarrolla un modelo educativo adecuado a las necesidades del siglo XXI. Así que la parte más esencial y fundamental de la educación de nuestras hijas, servir de guía hacia el descubrimiento del verdadero sentido y propósito de sus vidas, deberemos llevarla a cabo en casa.

Para mí, el modelo óptimo debería basarse en el concepto de personalización, inteligencias múltiples, y de counselling o personal branding desde la infancia. El libro “La Brújula Interior” de Álex Rovira se abre con una impresionante cita de Pau Casals que nunca antes había leído y que vale la pena reproducir íntegramente:

“Cada segundo que vivimos es un momento nuevo y único del universo, un momento que no volverá…¿Y qué es lo que enseñamos a nuestros hijos? Pues les enseñamos que dos y dos son cuatro, que París es la capital de Francia. ¿Cuándo les enseñaremos, además, lo  que son? A cada uno de ellos deberíamos decirle: ¿Sabes lo que eres? Eres una maravilla. Eres único. Nunca antes ha habido ningún otro niño como tú. Con tus piernas, con tus brazos, con la habilidad de tus dedos, con tu manera de moverte. Quizá llegues a ser un Shakespeare, un Miguel Ángel o un Beethoven. Tienes todas las capacidades. Sí, eres una maravilla. Y cuando crezcas, ¿serás capaz de hacer daño a otro que sea, como tú, una maravilla? Debes trabajar para hacer el mundo digno de tus hijos.”

En otro de sus libros, “La Buena Vida”, Álex Rovira afirma que el sentido de la vida no se adquiere por casualidad, sino tras una profunda reflexión. Y, a continuación, se pregunta: “¿Hemos sido educados para hacer de nuestra propia vida un objeto de pensamiento, de reflexión, de planificación, de cambio activo? ¿Hemos recibido las nociones mínimas necesarias para construir nuestra propia vida, para definir proyectos soñados, talentos que queremos desarrollar, iniciativas que queremos consolidar, causas a las que queremos contribuir, experiencias que deseemos vivir, legados que queremos dejar?” La respuesta es negativa. Porque lo más normal es dejar en manos de la inercia y la rutina el futuro. “El hecho de plantearse construir una hoja de ruta personal parece un ejercicio de ingenuidad o bien el resultado de una crisis”, dice Rovira.

Luis Rojas Marcos , en una entrevista en motivo del lanzamiento de su nuevo libro “Superar la Adversidad. El poder la Resiliencia”, afirma que “sentir que dominas las riendas de tu vida te da poder sobre tus circunstancias”. Y aquí está la clave de todo: enseñar a los más pequeños a tener el control de su vida y a dar valor a lo que realmente lo tiene. La Resiliencia se define como la capacidad del ser humano para afrontar la adversidad, superarla y ser transfomado positivamente por ella. Introducir este aprendizaje en las escuelas es imprescindible si queremos convertir el colegio en una escuela de vida y no sólo en un centro de enseñamientos académicos. Este es el reto.

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Vidas especiales

Ayer descubrí en casa un libro que nunca antes había visto. Es un libro formado por breves relatos sobre la vida de personas con discapacidad, editado bajo el título “Mira’m. Contes de vides especials”, en una iniciativa de la Fundació Mas Albornà. Los cuentos están firmados por 9 autores entre los que figura Màrius Serra, entre otros. En poco rato devoré los tres primeros y la verdad es que no pude continuar. La emoción me invadió por las palabras tan sinceras, tan próximas y tan impactantes de unos padres que han sabido integrar en sus vidas el factor diferencial de sus hijos e incluso enriquecerse de forma vital con la experiencia.

Dice Mercè Foradada en el cuento “El regne de la princesa Quequè” que a partir del momento de su rendición, de la aceptación de la realidad distinta y tan viva de su hija le invadió una serenidad que todavía no se creía.

“Siempre precipintándome, siempre queriendo que mis hijos llegasen los primeros al siguiente control de la carrera. Afortunadamente, tu has declarado tu particular cruzada contra la impaciencia, contra la absurdidad de las competiciones vitales. Y nos estás ganando. Día tras día nos impones tu paso de tortuga tranquila. Tu familia de liebres creídas ha entendido, gracias a tí, que la vida no es la autopista de velocidad y obstáculos que creíamos. Todos, a tu paso, estamos aprendiendo a pasear por un camino lleno de piedras, pero también de flores. Y hemos descubierto que nos gusta. De tu mano he descubierto una dimensión que me faltaba: la riqueza infinita de la vida sensitiva, la fuerza y la plenitud del amor incondicional, la belleza sutil del momento. Y, ahora, miro la vida con más confianza”.

En el mundo considerado “normal” la diferencia es ya difícil de llevar. En el caso de estas vidas especiales, la diferencia puede llegar a ser devastadora. Por eso aplaudo iniciativas como la de este libro, publicado en septiembre de 2009, que ayudan a normalizar la discapacidad y a aproximarnos un poco a estas personas que, como todos nosotros, tienen sus propias potencialidades y talentos, y, en definitiva, una marca personal única e instransferible.

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Autoindagación

“El verdadero valor consiste en saber sufrir”. Voltaire.

Me ha gustado esta frase que Lucía Etxebarría incluye en su artículo “Nada está perdido” publicado hoy en el Magazine de La Vanguardia. Y no sólo esta frase. La verdad es que me ha gustado toda la argumentación que desarrolla sobre las épocas difíciles y los distintos tipos de soluciones para combatir estados de tristeza y depresión.

Etxebarría hace referencia al libro “Algo que contarte” de Hanif Kureishi, en el que se argumenta que la sociedad consumista en la que vivimos quiere resultados probados, efectivos y rápidos y que por ello el psicoanálisis tradicional (el freudiano) está perdiendo vigencia.

“¿Para qué perder tres años en autoindagación cuando con una pastillita uno puede cambiar de ánimo en quince días?” se pregunta Etxebarría.

El protagonista del libro de Kureishi dice que “la tristeza tiene una función pero en una sociedad en la que se incide tanto en la productividad como para que se espere que un trabajador se reincorpore a su puesto laboral a los tres días de perder a un ser querido, hay muy poca tolerancia para los que se sumen en la desesperación”

“La tristeza nos ayuda a aprender de nuestros errores”, dice la escritora. “Nos obliga a detenernos para hacernos focalizar en algo distinto. La depresión es un indicador de que la situación es insostenible. Pero nada está perdido si se tiene el valor de aumir que todo está perdido y hay que empezar de nuevo. En casos así, medicar la tristeza podría ocultar las consecuencias de situaciones límite y eliminar la motivación para avanzar. Así, en lugar de curar, se mantendría, paradójicamente, una situación enferma en lugar de enfrentar el problema de fondo”.

El gran problema es que la autoindagación requiere mucha voluntad. Explorar en el interior de uno mismo supone un proceso largo y, a veces, doloroso. Además, si este proceso se toma seriamente, supone la voluntad de emprender cambios que pueden llegar a ser radicales respecto al punto de partida.

“La esencia de la grandeza radica en la capacidad de optar por la propia realización personal en circunstancias en que otras personas optan por la locura”

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Sincronicidad

Encontré, por casualidad, el libro “Héroes Cotidianos” de Pilar Jericó, y lo compré. Cayó en mis manos en el mejor de los momentos, cuando necesitaba oir lo que en esta obra se expone: la necesidad de ser el protagonista de tu vida.

Por casualidad, este libro está inspirado en “El héroe de las mil caras” de Joseph Campbell, una obra que he tenido durante años como libro de cabecera en mi mesita de noche, desde que lo descubrí en un curso de guión cinematógrafico que hice hace ya mucho tiempo.

Por casualidad, también el padre de la autora murió de cáncer de pulmón y también fue esa su noche más oscura.

¿Casualidades o sincronicidad? Ésta es la cuestión. Quizás simplemente son indicios de que ha llegado el momento de descubrir mi voz.

“Todo el mundo elige uno de dos caminos en la vida” dice Stephen R. Covey en el libro “El 8º Hábito. De la efectividad a la grandeza”.

“Uno es el camino amplio y muy transitado hacia la mediocridad, el otro es el camino hacia la grandeza y el sentido. El camino hacia la mediocridad limita el potencial humano. El camino a la grandeza libera y realiza este potencial y es un proceso de crecimiento secuencial de dentro hacia fuera. Quienes viajan por el camino inferior de la mediocridad viven el software cultural del ego, la competición, la escasez, la comparación, la extravagancia y el victimismo. Quienes transitan el camino superior hacia la grandeza se elevan por encima de las influencias culturales negativas y eligen convertirse en la fuerza creativa de su vida. Quienes siguen este camino hallan su voz e inspiran a los demás para que hallen la suya. Los otros nunca lo hacen”.

En este sentido, Covey cita unas interesantes palabras de la escritora Marianne Williamson: “hacernos los insignificantes no le sirve al mundo. No hay nada de inteligente en rebajarnos para que los demás no se sientan inseguros en nuestra compañía. Y cuando dejamos que brille nuestra propia luz, inconscientemente damos permiso a los demás para que hagan lo mismo. Cuando nos liberamos de nuestro propio temor, nuestra presencia libera automáticamente a los demás”.

Ya dijo el psicólogo y filósofo estadounidense William James que cuando cambiamos nuestro pensamiento cambiamos nuestra vida. Y éste es mi firme propósito para los próximos meses: conseguir encontrar mi voz y quizás incluso ser una persona de transición, un concepto que he descubierto a través de Covey y que me ha parecido sumamente interesante. Se trata de personas que desarrollan su facultad de elegir y que impiden el paso a sus descendientes de tendencias inadecuadas que proceden de generaciones anteriores.

“También podemos ser personas de transición para las organizaciones en las que trabajamos”, dice el autor. “Mediante el uso acertado de nuestra libertad de elección, podemos evitar dejarnos dominar emocionalmente por las debilidades de los demás. Cuando nuestra vida emocional depende de los puntos débiles de alguien más, impedimos nuestro facultamiento y facultamos esas debilidades para que sigan destrozando nuestra vida”.

Víctor Hugo dijo que no hay nada más poderoso que una idea a la que le ha llegado su tiempo y alguien que no recuerdo dijo que no estamos ante una época de cambios sino ante un cambio de época. Si algo se mueve a nuestro alrededor quizás es hora de que nosotros también nos pongamos en movimiento. Si empezamos a andar seguro que llegaremos al destino que nos marquemos.

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Aprender a vivir

Explica Rosa Montero en su artículo “Me pregunto si he aprendido algo”, publicado en el Magazine de La Vanguardia el pasado domingo, que la Harvard Business School hizo público un estudio sobre el aprendizaje en los negocios en el que se demostraba que lo único que parecía enseñar algo era el éxito. También hace referencia a unos experimentos del MIT (Massachusetts Institute of Technology) que mostraron que en las células del cerebro se producen ciertos cambios neuronales después de los aciertos, pero no después de los errores.

Como recuerda Montero, la sabiduría popular dice que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Y, la escritora se pregunta hasta qué punto somos capaces de aprender en la vida, refiriéndose al aprendizaje esencial, de la madurez emocional, es decir, de la sabiduría de vivir.

El mismo domingo leí en El País que Londres abre la Escuela de la Vida (The School of Life) y se afianza el placer de cultivar la mente. El centro está orientado a mejorar la calidad de vida de sus alumnos, la mayoría profesionales urbanos entre los 20 y los 40 años, a ayudarles a buscar un enfoque más constructivo de su existencia ya afrontar cuestiones tanto tiempo aparcadas, como la insatisfacción laboral o los retos que entrañan las relaciones personales o la vida familiar. Parece ser que dedicar parte de nuestro tiempo al mero placer de pensar en ideas o propósitos es esencial para llevar una vida feliz.

Yo soy usuaria habitual de Renfe Cercanías y paso dos largas horas diarias viajando. Dos horas en las que intento dejar fluir mis pensamientos. Confieso que por la mañana lo más frecuente es que la mente se quede en blanco, aprovechando la oscuridad que todavía reina en esas horas. Pero, a la hora del regreso, doy libre circulación a mis ideas, cosa que recomiendo a todos los viajeros. El Ipod y las videoconsolas son un buen invento pero actúan como barrera que frena la creatividad y el libre pensamiento. Y el tren puede convertirse en un valuoso espacio para desarrollar estas habilidades.

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Reinventarse

Hoy, excepcionalmente, he encontrado diversos artículos de mi particular interés en la prensa y, concretamente, en la Vanguardia. Artículos muy relacionados con mi último post y con mis principales focos de preocupación en estos últimos meses, en los que estoy pensando seriamente en la posibilidad de reinventarme.

Este es precisamente el concepto bajo el que articula sus argumentos la socióloga Cristina Sánchez Miret en su artículo de opinión. “En nuestra sociedad los cambios son vividos más como fracaso que como oportunidad o renovación. Entendemos la vida como una linealidad con un principio y un fin sin nuevos comienzos y con nada o poca aventura; a no ser que esta se produzca al inicio, cuando sólo somos un proyecto de la persona que vamos a ser. De hecho, aquello que conocemos, la manera como vivimos, lo que tenemos, la profesión que ejercemos, integran tan fuertemente nuestra definición de lo que somos que nos es muy difícil ver en esencia qué queremos, cómo queremos vivir y llegar a experimentar todo lo demás que podríamos ser. A mí, que alguien se reinvente dando un cambio drástico a su vida me produce una gran envidia- sana, pero envidia -porque no hay nada mejor que emprender nuevos viajes y explorar nuevos caminos. Quizá -muchos dirán que seguro- es más fácil hacerlo desde una economía saneada; pero lo cierto es que lo fundamental es ser capaz de elegir lo que uno quiere independientemente de la posición social que uno ocupe, del nombre que uno se ha creado en su entorno, de la imagen que uno mismo y los demás tienen sobre nuestros éxitos o fracasos y, en definitiva, de lo que sea nuestra vida”.

En mi caso, seguramente no necesitaría reinventarme si me encontrara en un ambiente favorable.  Pilar Almagro, fundadora y directora general de Vertisub, afirma en un artículo firmado por Mar Galtés, que “en el entorno adecuado, las personas tendemos a crecer. Cuando diriges un grupo, lo único que tienes que hacer es crear las condiciones para que la gente esté tranquila y crezca. Normalmente una forma de destacar es pisando a los demás; pero para destacar por ti mismo necesitas contar con gente mejor que tú y eso da miedo. Cuando hay mal rollo, baja el nivel cognitivo. Puedes poner en peligro el trabajo. El origen de todo, de los beneficios y de las pérdidas, está en el concepto de ser humano que se tenga”.

También hoy, la autora de este artículo, Mar Galtés,  publica hoy en el Magazine de La Vanguardia el artículo “El Timo de la Conciliación Femenina”, con clara referencia a su libro “El Timo de la Superwoman”. En este artículo, Alfons Cornella, experto en innovación y presidente de Infonomía argumenta que las empresas deberán cambiar su modo de funcionar si quieren sacar el máximo provecho del talento. Deben entender, dice Cornella, “que hay otros modelos de carrera profesional posibles, alternativos al actual, que ha sido construido exclusivamente a partir de la visión masculina de la cuestión”.

 ¡Qué casualidad! Yo estoy experimentando todo lo que hoy se describe en el periódico: la necesidad de reinventarme, la falta de un ambiente favorable y el timo de la conciliación. Quizás La Vanguardia debería haberme entrevistado. Yo les hubiera aclarado todas las dudas sobre estos temas. Quedo a su disposición.

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Haití y la engañosa solidaridad

La obra de Ernesto Sábato, El Túnel, abre muchas vías de reflexión, una de ellas acerca de la generosidad y solidaridad humana.

Cualquiera sabe, dice el autor, “que no se resuelve el problema de un mendigo con un peso o un pedazo de pan: solamente se resuelve el problema psicológico del señor que compra así, por casi nada, su tranquilidad espiritual ysu título de generoso. Júzguese hasta qué punto esa gente es mezquina cuando no se decide a gastar más de un peso por día para asegurar su tranquilidad espiritual y la idea reconfortante y vanidosa de su bondad. !Cuánta más pureza de espíritu y cuánto más valor se requiere para sobrellevar la existencia de la miseria humana sin esta hipócrita operación!”

Estos días, Haití llena todos los espacios de los medios de comunicación despertando una repentina vena de solidaridad generalizada. Una solidaridad muy positiva pero muy engañosa. Todos los días del año países enteros del mundo viven en la más extremada pobreza y miseria y nadie se acuerda de ellos a no ser que la televisión les dedique sus preciados minutos. El objetivo sería conseguir educar en la generosidad desde la primera infancia y lograr así que todos sepamos dar de forma espontánea y natural una parte de lo que tenemos a los más necesitados, lo que es muy distinto a dar una parte de lo que nos sobra.  Para mí no tiene ningún mérito que Angelina Jolie y Brad Pitt den 1 millón de dólares. Si no lo dan a Haití se lo gastarán en  joyas u otros lujos superfluos. El gran mérito sería que renunciaran a una parte de su ostentoso estilo de vida para ayudar a los demás. De forma verdadera y auténtica. Las operaciones de márketing maquilladas de responsabilidad social son demasiado perceptibles, demasiado teatrales y demasiado alejadas de las necesidades reales. La auténtica responsabilidad social siempre es mucho más modesta y discreta. Las ostentaciones públicas suelen estar reñidas con la autenticidad.

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La lentitud de Rodin

Hoy, paseando por Rambla Catalunya me he topado con El Pensador de Rodin y he estado casi a punto de ignorarlo. Andaba tan ensimismada en mis pensamientos que, de tanto pensar, por poco paso a su lado sin percatarme de su imponente presencia. No me lo hubiera perdonado pero he estado muy cerca de cometer semejante agravio. La velocidad, tanto de mi actividad cerebral como de mis piernas, me hubiera podido jugar una mala pasada y esto me ha hecho reflexionar sobre el ritmo de vida que llevamos.

Dice Carl Honoré en la interesante obra “Elogio de la lentitud” que las ciudades siempre han atraído a personas enérgicas y dinámicas, pero que la misma vida urbana actúa como un acelerador de partículas gigantesco. “Cuando la gente se traslada a la ciudad, empieza a hacerlo todo con más rapidez. (…) La mente está siempre tensa, con una rápida sucesión de nuevas imágenes, nuevas personas y nuevas sensaciones” dice este periodista canadiense afincado en Londres.

Esta iniciativa de la obra social de La Caixa de trasladar el arte a la calle me parece fantástica. Ya dijo Platón que “la clase de educación más eficaz es que el niño juegue entre cosas bellas” .

Por su parte, Honoré argumenta que “los niños no nacen obsesionados por la velocidad y la productividad, sino que somos nosotros quienes hacemos que sean así. (…) Losniños pagan cada vez más el precio por llevar un estilo de vida apresurado. Hoy, pequeños de cincoaños padecen ya trastornos estomacales, dolores de cabeza, insomnio, depresión y problemas de la alimentación, todo ello debido al estrés. (…)

La principal barrera para educar a los niños de un modo lento es la mentalidad moderna, dice Honoré. “Librar a la próxima generación del culto a la velocidad significa reinventar toda nuestra filosofía de la infancia, de manera muy parecida a lo que hicieron los románticos dos siglos atrás”.

Quizás con más arte y belleza en la calle nuestra filosofía de la modernidad podría modelarse y quizás incluso cambiar…

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