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Estamos desorientados

ImatgeVivimos en una época de desconcierto y de desorientación absoluta. Todo a nuestro alrededor parece desmoronarse. Por eso, me parece más importante que nunca agarrarse a la palabra escrita, lo único que permanece intacto por los siglos de los siglos. Nada proporciona tanto placer como descubrir joyas literarias, acariciar sus páginas, retenerlas en la mente y poder volver a ellas cuando tu alma te lo pida. 

Una de las últimas joyas que he descubierto es Los Desorientados, de Amin Maalouf, una de esas obras imprescindibles para alguien como yo. Con su lectura todavía en curso, siento la necesidad de compartir de forma preliminar algunas de sus reflexiones; reflexiones ciertas e inspiradoras sobre la vida, la amistad, el amor y lo más profundo de las personas y de las relaciones entre ellas. 

Todos nos pasamos el tiempo juzgando. Juzgamos continuamente a los demás. Así lo reconoce tambíen el protagonista de Los Desorientados pero lo importante es que, en su caso, las sentencias que dicta no tienen repercusión en la existencia de los imputados.

“Concedo mi estima, o la retiro, dosificio mi amabilidad, dejo en suspenso mi amistad a la espera de pruebas complementarias, me distancio, me acerco, me aparto, concedo un aplazamiento, hago borrón y cuenta nueva, o finjo que lo hago. No comunico las sentencias, no doy lecciones, la observación del mundo no tiene en mí más consecuencia que un diálogo interior, un diálogo interminable conmigo mismo”. 

Cómo cambiaría el mundo si todos los juicios emitidos fueran de este tipo. A menudo, los juicios que emitimos unos sobre otros nos condenan a cadena perpétua. Y la mayoría de las veces esto sucede porqué no somos capaces de llegar hasta el fondo de las personas y de explorar lo que mueve sus corazones.

“Qué sencillo sería si, en los caminos de la vida, pudiéramos limitarnos a escoger entre la traición y la fidelidad”, asegura Maalouf.

Con frecuencia, nos vemos en la obligación, más bien, de escoger entre dos fidelidades irreconciliables; o, lo que viene a ser lo mismo, entre dos traiciones. Si los hombres y las mujeres pudieran hablar abiertamente de sus relaciones, de sus sentimientos, de sus cuerpos, toda la humanidad sería más floreciente y más creadora. Nadie puede saber con certidumbre qué anida en lo profundo de un alma. Es tan difícil desenmarañar los hilos de la conciencia como los de los sentimientos. El amor, por ejemplo, no es un hilo rojo que haya que separar de los hilos blancos, o negros, o dorados, o sonrosados, que se llamen “amistad”, “deseo”, “pasión” o vaya usted a saber cómo.

Si la vida nos proporcionara más ocasiones para tejer amistades cómplices que dieran al traste con las conveniencias y las posturas rígidas quizás lograríamos no sentirnos tan desorientados…

 

 

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Poesía de lo cotidiano

Explica José Antonio Marina en uno de sus artículos que suele recomendar a sus alumnos que lean poesía, pero no con un mero afán receptivo, sino con una pretensión expresiva. “Hemos insistido demasiado en el momento asimilador de la lectura”, afirma. “Hay que leer, sin duda, pero ¿por qué y para qué?” Porque mediante la lectura aprovechamos la experiencia de la humanidad, contenida en los libros. Hay que leer para expresar. Expresar es exprimir nuestra inteligencia: pensar, hablar, conversar, actuar. Se expresa con la palabra, con el sentimiento, con la acción. La pasividad nos mata, porque nos hace sumisos, y limita nuestras posibilidades.

La poesía enseña a mirar las cosas de otra manera. La poesía recupera el brillo perdido de la realidad.

Nada está acabado, sigue Marina. La realidad entera está ahí esperando a ver lo que hacemos los humanos con ella, qué posibilidades descubrimos. Todo se puede pensar de otra manera, decir de otra manera, amar de otra manera. Valorar lo que tenemos es parte de la gran poesía de la cotidiano. “No encontramos suficientes cosas bellas” decía Van Gogh.

Poetizar las formas de vida supone escapar de la mediocridad y la rutina. Es precisamente por esta razón que desde hace un tiempo tengo la costumbre de empezar el día leyendo y compartiendo la poética cotidiana que transmiten cada mañana las entrevistas de La Contra de La Vanguardia, entrevistas a personas variopintas y muy distintas pero que, en general, tienen en común hacernos ver la vida con otros ojos, abriendo la mente a nuevas ideas y puntos de vista.

También a la poética de lo cotidiano se refiere Ángeles Caso en su magnífico artículo “Lo que quiero ahora” publicado hace unos meses.

“Será porque tres de mis más queridos amigos se han enfrentado inesperadamente a enfermedades gravísimas” dice A. Caso, ” o tal vez porque, a estas alturas de mi existencia, he vivido ya las suficientes horas buenas y horas malas como para empezar a colocar las cosas en su sitio. El caso es que tengo la sensación –al menos la sensación– de que empiezo a entender un poco de qué va esto llamado vida. Y ahora, en este momento de mi vida, no quiero casi nada. Tan sólo la ternura de mi amor y la gloriosa compañía de mis amigos. El recuerdo dulce de mis muertos. Un par de árboles al otro lado de los cristales y un pedazo de cielo al que se asomen la luz y la noche. El mejor verso del mundo y la más hermosa de las músicas. Quiero toda la serenidad para sobrellevar el dolor y toda la alegría para disfrutar de lo bueno. Un instante de belleza a diario“.

La belleza está en todas partes, incluso cuando el dolor nos rodea. La belleza puede estar en una mirada, en unas palabras escritas después de una mala noticia, o incluso en el deseo de un abrazo que nunca se materializará. Lo cierto es que sólo los poetas son capaces de expresar de verdad esta belleza. A ellos me remito.

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Al fin, David Monteagudo

 

“Detesto los grupos, las sectas, las cofradías, los gremios y, en general, esos conjuntos de bichos que se reúnen por razones de profesión, de gusto o de manía semejante. Esos conglomerados tienen una cantidad de atributos grotescos: la repetición del tipo, la jerga, la vanidad de creerse superiores al resto”.

“Los críticos son una plaga que nunca pude entender. Si yo fuera un gran cirujano y un señor que jamás ha manejado un bisturí, ni es médico ni ha entablillado la pata de un gato, viniera a explicarme los errores de mi operación, ¿qué se pensaría? Lo mismo pasa con la pintura. Lo singular es que la gente no advierte que es lo mismo y aunque se ría de las pretensiones del crítico de la cirugía, escucha con un increíble respeto a esos charlatanes. Se podría escuchar con cierto respeto los juicios de un crítico que alguna vez haya pintado, aunque más no fuera que telas mediocres. Pero aun en ese caso sería absurdo, pues ¿cómo puede encontrarse razonable que un pintor mediocre dé consejos a uno bueno?”

Ernesto Sábato. El túnel.

Todavía no he leído la primera obra publicada de David Monteagudo, “Fin”, pero a juzgar por la opinión de la crítica, es una obra importante. Monteagudo no pertenece a ese conjunto de bichos a los que se refiere Sábato. Vive en Vilafranca del Penedès y trabaja como operario en una fábrica. Este último aspecto ha sido el más explotado mediáticamente en la promoción de la novela por su carácter anecdótico y excepcional. Sin embargo, a mi, personalmente, no me gustado el enfoque que se le está dando a la comunicación de la publicación. El hecho de centrar todas las entrevistas y reportajes en la rutina laboral de Monteagudo me parece de mal gusto. Parece ser que el fenómeno Monteagudo no es algo pasajero sino algo que ha llegado para quedarse. Por lo tanto, sería de suma importancia empezar a hablar más de su obra que de su persona. Y, según he oído, tiene 10 novelas escritas. Así que seguiremos hablando de él. Para empezar, leeré su primera novela publicada y compartiré con vosotros mis reflexiones.

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Leer la vida sin moverse del portal

la granada

Al lado de la casa donde nací, en La Granada (Alt Penedès),  vive Felipe, una persona que conoce la vida a través de la contemplación diaria desde su portal.

Felipe nunca ha leído un libro ni falta que le ha hecho. Ni un periódico. Él tiene una particular lectura de la vida.

Su observación del mundo se limita a los hechos cotidianos que suceden frente a su puerta: los vecinos entran y salen; rien y lloran; abren y cierran las luces; llegan y se van; en definitiva, viven y también mueren. Desde su silla, Felipe ha presenciado la llegada a casa de nuevas criaturas y también la marcha fúnebre de seres próximos e incluso más jóvenes que él, una mañana de excepción en que la nieve acudió para darle el último adiós.

Cada mañana Felipe sale a la calle yse sienta frente a su portal. A veces incluso se duerme en la misma posición. Por la noche, retira la silla y entra en casa. Otro día ha pasado. Otro día tan igual pero tan distinto. Cuando le veo pienso en la fantástica película Smoke con guión de Paul Auster en la que el protagonista fotografiaba cada día el mismo rincón de Brooklyn. Una colección de fotografías aparentemente iguales pero cada una completamente distintas de las demás. En realidad, cada día es único y especial, se mire la vida desde donde se mire.

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Vampiros en el transporte público

Soy usuaria habitual del transporte público de cercanías, combinando autobús y tren según el día. Todo por no querer renunciar a vivir en el Penedès, aunque este año no pueda disfrutar de la Festa Major como es debido.festa major Más de dos horas diarias de recorrido Vilafranca del Penedès-Barcelona-Vilafranca del Penedès, sin contar el Trambaix una vez llego a la City. Lo que podría ser un tiempo precioso para la lectura a menudo se convierte en horas totalmente perdidas. A las siete de la mañana, el aire acondicionado está tan fuerte que mi único trabajo es acurrucarme en mi asiento con mi foulard cubriéndome brazos y espalda. El tren muchos días parece una lata de sardinas y la falta de espacio vital impide abrir el libro que con tantas esperanzas has cargado todo el día.  Sin mencionar los días que a alguna mente brillante se le ocurre poner el hilo musical o la radio (en el caso del autobús) a todo volumen sin preguntar a los usuarios si nos gusta la selección escogida (“La chica Yeyé”, por ejemplo). Total, la concentración es casi imposible. No me extraña que la mayoría de libros que la gente tiene entre manos en el transporte público sean títulos como “Entrevista con el Vampiro”, por citar sólo alguno de los que he visto esta semana.

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¿Agosto, un mes cruel?

cover_statusEl pasado domingo 23 de agosto en el Dominical de El Periódico, el director de cine David Trueba publica el artículo “¿Pero existe el Agosto?” en el que pone por escrito sus reflexiones sobre la profesión de escritor a la vez que satiriza sobre “la suspensión temporal de la vida inteligente” que se produce en el mes de agosto. Trueba concluye que “agosto es un mes tan cruel como los demás 11 meses del año”.

Y yo añadiría que agosto puede llegar a ser más cruel que el resto del año. En vacaciones, hay más tiempo para reflexionar sobre la vida que llevamos y, sobretodo, acerca de la que no llevamos. Y también  hay más tiempo para que crezca la angustia por el estatus que tan bien describe Alain de Botton en su libro Status Anxiety. 

Una ansiedad que cada agosto crece cuando obligatoriamente tenemos que pasar las mejores vacaciones de nuestras vidas (o así contarlo a nuestros conocidos). Una ansiedad que cada agosto se incrementa cuando nos damos cuenta de que en realidad no estamos disfrutando tanto de las esperadas vacaciones porque nos pasamos la mayor parte del tiempo comparando nuestro nivel de bienestar con el de nuestros vecinos. Y lo que es peor, supeditamos nuestro bienestar a los bienes materiales que poséemos.

Si conseguimos disfrutar de un buen libro o de nuestra dedicación a los blogs quizás podremos huir de esta ansiedad que nos persigue. Y, con un poco de suerte, disfrutar del mes de agosto.

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La lectura, ¿un fenómeno en peligro de extinción?

La lectura es uno de los mayores placeres para los que hemos desarrollado este hábito desde nuestra infancia. Hace pocos días una persona veinteañera me comentó que en toda su vida había leído un sólo lilbro (por cierto, de dudosa calidad). Probablemente esta persona no sea una excepción entre los más jóvenes. Para ellos, leer es una actividad aburrida, difícil y que exige demasiada concentración, habilidad que no han practicado en un mundo hiperfragmentado en el que la capacidad de atención es mínima. ¿Qué está fallando en nuestro sistema educativo? ¿Qué medidas deberían tomarse para recuperar la consideración de la lectura como punto de partida fundamental en la formación de los que tomarán las riendas de nuestra sociedad en el futuro?

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