Estamos desorientados

ImatgeVivimos en una época de desconcierto y de desorientación absoluta. Todo a nuestro alrededor parece desmoronarse. Por eso, me parece más importante que nunca agarrarse a la palabra escrita, lo único que permanece intacto por los siglos de los siglos. Nada proporciona tanto placer como descubrir joyas literarias, acariciar sus páginas, retenerlas en la mente y poder volver a ellas cuando tu alma te lo pida. 

Una de las últimas joyas que he descubierto es Los Desorientados, de Amin Maalouf, una de esas obras imprescindibles para alguien como yo. Con su lectura todavía en curso, siento la necesidad de compartir de forma preliminar algunas de sus reflexiones; reflexiones ciertas e inspiradoras sobre la vida, la amistad, el amor y lo más profundo de las personas y de las relaciones entre ellas. 

Todos nos pasamos el tiempo juzgando. Juzgamos continuamente a los demás. Así lo reconoce tambíen el protagonista de Los Desorientados pero lo importante es que, en su caso, las sentencias que dicta no tienen repercusión en la existencia de los imputados.

“Concedo mi estima, o la retiro, dosificio mi amabilidad, dejo en suspenso mi amistad a la espera de pruebas complementarias, me distancio, me acerco, me aparto, concedo un aplazamiento, hago borrón y cuenta nueva, o finjo que lo hago. No comunico las sentencias, no doy lecciones, la observación del mundo no tiene en mí más consecuencia que un diálogo interior, un diálogo interminable conmigo mismo”. 

Cómo cambiaría el mundo si todos los juicios emitidos fueran de este tipo. A menudo, los juicios que emitimos unos sobre otros nos condenan a cadena perpétua. Y la mayoría de las veces esto sucede porqué no somos capaces de llegar hasta el fondo de las personas y de explorar lo que mueve sus corazones.

“Qué sencillo sería si, en los caminos de la vida, pudiéramos limitarnos a escoger entre la traición y la fidelidad”, asegura Maalouf.

Con frecuencia, nos vemos en la obligación, más bien, de escoger entre dos fidelidades irreconciliables; o, lo que viene a ser lo mismo, entre dos traiciones. Si los hombres y las mujeres pudieran hablar abiertamente de sus relaciones, de sus sentimientos, de sus cuerpos, toda la humanidad sería más floreciente y más creadora. Nadie puede saber con certidumbre qué anida en lo profundo de un alma. Es tan difícil desenmarañar los hilos de la conciencia como los de los sentimientos. El amor, por ejemplo, no es un hilo rojo que haya que separar de los hilos blancos, o negros, o dorados, o sonrosados, que se llamen “amistad”, “deseo”, “pasión” o vaya usted a saber cómo.

Si la vida nos proporcionara más ocasiones para tejer amistades cómplices que dieran al traste con las conveniencias y las posturas rígidas quizás lograríamos no sentirnos tan desorientados…

 

 

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Poesía de lo cotidiano

Explica José Antonio Marina en uno de sus artículos que suele recomendar a sus alumnos que lean poesía, pero no con un mero afán receptivo, sino con una pretensión expresiva. “Hemos insistido demasiado en el momento asimilador de la lectura”, afirma. “Hay que leer, sin duda, pero ¿por qué y para qué?” Porque mediante la lectura aprovechamos la experiencia de la humanidad, contenida en los libros. Hay que leer para expresar. Expresar es exprimir nuestra inteligencia: pensar, hablar, conversar, actuar. Se expresa con la palabra, con el sentimiento, con la acción. La pasividad nos mata, porque nos hace sumisos, y limita nuestras posibilidades.

La poesía enseña a mirar las cosas de otra manera. La poesía recupera el brillo perdido de la realidad.

Nada está acabado, sigue Marina. La realidad entera está ahí esperando a ver lo que hacemos los humanos con ella, qué posibilidades descubrimos. Todo se puede pensar de otra manera, decir de otra manera, amar de otra manera. Valorar lo que tenemos es parte de la gran poesía de la cotidiano. “No encontramos suficientes cosas bellas” decía Van Gogh.

Poetizar las formas de vida supone escapar de la mediocridad y la rutina. Es precisamente por esta razón que desde hace un tiempo tengo la costumbre de empezar el día leyendo y compartiendo la poética cotidiana que transmiten cada mañana las entrevistas de La Contra de La Vanguardia, entrevistas a personas variopintas y muy distintas pero que, en general, tienen en común hacernos ver la vida con otros ojos, abriendo la mente a nuevas ideas y puntos de vista.

También a la poética de lo cotidiano se refiere Ángeles Caso en su magnífico artículo “Lo que quiero ahora” publicado hace unos meses.

“Será porque tres de mis más queridos amigos se han enfrentado inesperadamente a enfermedades gravísimas” dice A. Caso, ” o tal vez porque, a estas alturas de mi existencia, he vivido ya las suficientes horas buenas y horas malas como para empezar a colocar las cosas en su sitio. El caso es que tengo la sensación –al menos la sensación– de que empiezo a entender un poco de qué va esto llamado vida. Y ahora, en este momento de mi vida, no quiero casi nada. Tan sólo la ternura de mi amor y la gloriosa compañía de mis amigos. El recuerdo dulce de mis muertos. Un par de árboles al otro lado de los cristales y un pedazo de cielo al que se asomen la luz y la noche. El mejor verso del mundo y la más hermosa de las músicas. Quiero toda la serenidad para sobrellevar el dolor y toda la alegría para disfrutar de lo bueno. Un instante de belleza a diario“.

La belleza está en todas partes, incluso cuando el dolor nos rodea. La belleza puede estar en una mirada, en unas palabras escritas después de una mala noticia, o incluso en el deseo de un abrazo que nunca se materializará. Lo cierto es que sólo los poetas son capaces de expresar de verdad esta belleza. A ellos me remito.

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Más allá de un equipo: Una Tribu con pasión y compromiso común

El 1 de enero del 2010, en mi post “La Conjura del 2009” explicaba que terminaba un año que me había aportado profundas transformaciones en mis retos profesionales y manifestaba que lo que todavía no sabía es hacia dónde me llevaría todo ese proceso.

Ese proceso de renovación personal y profesional del que hablaba me llevó a mi actual posición de Consultora en RocaSalvatella , un singular y único concepto de consultoría estratégica centrada en ayudar a las empresas e instituciones a desarrollar sus negocios y sus equipos humanos mediante estrategias basadas en las lógicas digitales.

RocaSalvatella es mucho más que una simple consultoría. Más allá de la vertiente puramente profesional, el gran atractivo a nivel personal de RocaSalvatella es que en su renovado despacho está naciendo una tribu que va tomando forma día a día, incorporando nuevos miembros y definiendo y redefiniendo las dinámicas y conexiones personales entre sus integrantes. Es evidente que la convivencia nunca es fácil y menos en entornos definidos por la presión de las entregas y las agendas. Por eso es tan importante lograr la configuración de una Tribu, en toda la dimensión del término.

En su libro “El Elemento”, Ken Robinson habla de la importancia de “Encontrar tu Tribu” y afirma que para la mayoría de la gente, conectar con otras personas que compartan la misma pasión y el mismo deseo de sacar el máximo partido de sí mismos es parte fundamental de encontrarse en su Elemento.

Dice Robinson que lo que conecta a una tribu es un compromiso común con aquello para lo que sienten que han nacido. Esto puede ser extraordinariamente liberador, sobre todo si uno se ha dedicado a su pasión en solitario. Hallar la tribu correcta puede ser imprescindible para encontrar nuestro Elemento. Por otra parte, sentir en lo más profundo del alma que uno está con la tribu equivocada es probablemente un buen signo de que hay que buscar en alguna otra parte.

Sigue Robinson que encontrar tu tribu puede tener efectos transformadores en tu sentido de la identidad y tus objetivos. Esto se debe a tres poderosas dinámicas tribales: ratificación, inspiración y la “alquimia de la sinergia”. 

Según el autor, los grandes equipos creativos son heterogéneos y dinámicos: están compuestos por personas con habilidades diferentes pero complementarias entre sí. La diversidad de talentos es importante pero no suficiente. Las diferentes formas de pensamiento pueden ser un obstáculo para la creatividad. Los equipos creativos encuentran la forma de utilizar sus diferencias y energías, no sus puntos débiles. Tienen un proceso mediante el cual sus fuerzas se complementan a la vez que compensan las debilidades de cada uno. Son capaces de desafiarse entre sí como iguales, y tomar las críticas como un incentivo para avivar el juego.

Las actividades que nos gustan nos llenan de energía incluso cuando estamos agotados físicamente. Cuando la gente se coloca en situaciones que la llevan a estar en la zona, conecta con una fuente de energía primaria. Está literalmente más viva debido a ello. Estar en la zona es como si te enchufaran a un alimentador de corriente: mientras estás conectado, recibes más energía de la que gastas. La energía hace funcionar nuestra vida. La energía mental no es una sustancia fija. Sube y baja según la pasión y el compromiso que pongamos en lo que estemos haciendo en ese momento.

Al conectar con nuestra energía nos abrimos más a la energía de otras personas. Cuanto más vivos nos sintamos, más podremos contribuir a la vida de los demás. Cuando estás inspirado, tu trabajo puede inspirar a los demás. 

No podemos saber cómo será el futuro, afirma Ken Robinson. El único modo de prepararse para él es sacar el máximo provecho de nosotros mismos, en la convicción de que al hacerlo seremos todo lo flexibles y productivos que podamos llegar a ser, lo que requiere uno comprensión orgánica de cómo adaptar las aptitudes a un nuevo entorno.

En RocaSalvatella, el entorno se va dibujando día tras día, avanzando hacia un futuro desconocido pero que promete ser muy atractivo si logramos sentirnos parte de esa Tribu que está naciendo…Porqué, como dice Robinson, “Tu tribu sabrá ver en tus fallos la semilla de tus éxitos”

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Se Necesita un Amigo

Lo de la amistad es como el amor, afirmaba hace unos meses Rosa Montero en un excelente artículo publicado en El País. “Todo el mundo cree saber de ello, todos nos consideramos grandes conocedores del asunto, expertos en los sentimientos y en la pasión, cuando, en realidad, son dos materias complejas e infinitas, profundos rincones del ser que uno sólo empieza a entender cuando madura. De jóvenes, de muy jóvenes, amigos y amores te llegan fácilmente, son una lluvia cálida y revuelta, confusa, ligera, amontonada. De joven, de muy joven, en realidad no escoges, aunque lo creas. Te haces amigo y te enamoras de lo primero que pasa. Porque necesitas querer. Somos así, y esa necesidad es conmovedora. Y luego vas viviendo y te vas haciendo. Con suerte, y con esfuerzo, es posible que empieces a conocerte un poco. Y también vas encontrando a tu gente, a esas personas que se convertirán en tu mundo, en tu territorio”.

La amistad, como el amor, puede surgir en cualquier momento y en cualquier lugar: en el trabajo, en el parque o en una sala de fiestas.  Para brotar, sólo necesita que se genere una química especial entre dos personas. Dos personas a las que, de repente, sin saber porqué, les brillan los ojos cuando conversan. Y también de repente, esas personas pasan a compartir un mundo de reflexiones, pensamientos, y sentimientos que parecen no tener fin. Sin embargo, como dice Rosa Montero, “la amistad requiere atención, entrega, riego constante. Hay que invertir muchas horas en cultivarla”.

He descubierto estas palabras de Montero hace sólo unos días y la verdad es que son un punto de partida excelente para iniciar una buena reflexión sobre la amistad. En la época actual, la mayoría de nosotros tenemos un gran número de amigos en Facebook. De ellos, realmente pocos reúnen las verdaderas características de la amistad. ¿Y cuáles son estas características? Nada mejor que un excelente poema titulado Se Necesita Un Amigo de  Vinicius de Moraes, una figura capital en la música popular brasileña contemporánea, para conocer de manera brillante y poética los elementos que permiten afirmar que uno es amigo de verdad. Se trata de uno de esos textos que, una vez descubres, te acompañan ya siempre. Imprescindible.

Se Necesita Un Amigo

“No es necesario que sea hombre, basta que sea humano, basta que tenga sentimientos, basta que tenga corazón.
Se necesita que sepa hablar y callar, sobre todo que sepa escuchar.
Tiene que gustar de la poesía, de la madrugada, de los pájaros, del Sol, de la Luna, del canto, de los vientos y de las canciones de la brisa.
Debe tener amor, un gran amor por alguien, o sentir entonces, la falta de no tener ese amor.
Debe amar al prójimo y respetar el dolor que los peregrinos llevan consigo.
Debe guardar el secreto sin sacrificio.
No es necesario que sea de primera mano, ni es imprescindible que sea de segunda puede haber sido engañado, pues todos los amigos son engañados.
No es necesario que sea puro, ni que sea totalmente impuro, pero no debe ser vulgar.
Debe tener un ideal y miedo de perderlo y en caso de no ser así, debe sentir el gran vacío que esto deja.
Tiene que tener resonancias humanas, su principal objetivo debe ser el de amigo.
Debe sentir pena por las personas tristes y comprender el inmenso vacío de los solitarios.
Debe gustar de los niños y sentir lástima por los que no pudieron nacer.
Se busca un amigo para gustar de los mismos gustos, que se conmueva cuando es tratado de amigo.

Que sepa conversar de cosas simples, de lloviznas y de grandes lluvias, y de los recuerdos de la infancia.
Se precisa un amigo para no enloquecer, para contar lo que se vio de bello y de triste durante el día, de los anhelos y de las realizaciones, de los sueños y de la realidad.
Debe gustar de las calles desiertas, de los charcos de agua y los caminos mojados, del borde de la calle, del bosque después de la lluvia, de acostarse en el pasto.
Se precisa un amigo que diga que vale la pena vivir, no porque la vida es bella, sino porque se tiene un amigo.
Se necesita un amigo para dejar de llorar.
Para no vivir de cara al pasado, en busca de memorias perdidas.
Que nos palmee los hombros, sonriendo o llorando, pero que nos llame amigo, para tener la conciencia de que aún se vive”.


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Más allá del amor, en Los Enamoramientos

Sigo con la lectura de Los Enamoramientos y no deja de sorprenderme la cantidad de temas íntimos y profundos que Javier Marías logra abordar de manera brillante alrededor de una trama narrativa. En este post me gustaría destacar brevemente algunos de ellos a través de una selección de textos de la propia novela:

  • El poder de la literatura: “Lo que pasa en una novela es lo de menos. Es una novela, y lo que ocurre en ellas da lo mismo y se olvida, una vez terminada. Lo interesante son las posibilidades e ideas que nos inoculan y traen a través de sus casos imaginarios, se nos quedan mayor nitidez que los sucesos reales y los tenemos más en cuenta”.
  • Todo Cambia, Nada Permanece: “A la gran mayoría nos domina el ansia de duración, que nos hace creer que siempre hay tiempo y que nos lleva a pedir un poco más, un poco más, cuando se acaba. Es un error propio de niños, en el que sin embargo incurren muchos adultos hasta el día de su muerte, de creer que el presente es para siempre, que lo que hay a cada instante es definitivo, cuando todos deberíamos saber que nada lo es”.
  • Somos lo que está disponible: “Todo el mundo es en realidad un sustitutivo: Sí, todos somos remedos de gente que casi nunca hemos conocido, gente que no se acercó o pasó de largo en la vida de quienes ahora queremos, o que sí se detuvo pero se cansó al cabo del tiempo y desapareció sin dejar rastro o sólo la polvareda de los pies que van huyendo, o que se les murió a esos que amamos causándoles mortal herida que casi siempre acaba cerrándose. No podemos pretender ser los primeros, o los preferidos, sólo somos lo que está disponible, los restos, las sobras, los supervivientes, lo que va quedando, los saldos, y es con eso poco noble con lo que se erigen los más grandes amores y se fundan las mejores familias, de eso provenimos todos, producto de la casualidad y el conformismo, de los descartes y las timideces y los fracasos ajenos”.
  • El deseo como hábito: “Cuando uno desea algo largo tiempo, resulta muy difícil dejar de desearlo, admitir o darse cuenta de que ya no lo desea o de que prefiere otra cosa. La espera nutre y potencia ese deseo, la espera es acumulativa para con lo esperado, lo solidifica y lo vuelve pétreo, y entonces nos resistimos a reconocer que hemos malgastado años aguardando una señal que cuando por fin se produce ya no nos tienta, o nos da infinita pereza acudir a su llamada tardía de la que ahora desconfiamos, quizá porque no nos conviene movernos. Uno se acostumbra a vivir pendiente de la oportunidad que no llega, en el fondo tranquilo, a salvo y pasivo, en el fondo incrédulo de que nunca vaya a presentarse. Pero ay, al mismo tiempo, nadie renuncia a la oportunidad del todo, y ese picor nos desvela,  o nos impide sumergirnos en el profundo sueño. Las cosas más improbables han sucedido, y eso todos lo intuimos (…). La corrección de los sentimientos es lenta, desesperadamente gradual. Uno se instala en ellos y  se hace muy difícil salirse, se adquiere el hábito de pensar en alguien con un pensamiento determinado y fijo y no se sabe renunciar a eso de la noche a la mañana, o durante meses y años, tan larga puede ser su adherencia”.

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Los enamoramientos

Esta semana he empezado a leer Los enamoramientos, la nueva novela de Javier Marías con la que nos ha obsequiado RocaSalvatella en este Sant Jordi 2011. Lo que, de momento, más me ha llamado la atención de esta obra es la magistral descripción de momentos puramente cotidianos, insignificantes y a la vez memorables, con los que todos podemos sentirnos plenamente identificados.

María Dolz, la narradora y protagonista, describe minuciosamente su cautivación diaria por una pareja que frecuentaba la misma cafetería que ella cada mañana, a la hora del desayuno. “Lo había visto muchas mañanas y lo había oído hablar y reírse, casi todas a lo largo de unos años, temprano, no demasiado, de hecho yo solía llegar al trabajo con un poco de retraso para tener la oportunidad de coincidir con aquella pareja un ratito, no con él, sino con los dos, eran los dos los que me tranquilizaban y me daban contento, antes de empezar la jornada. Se convirtieron casi en una obligación. No, la palabra no es adecuada para lo que nos proporciona placer y sosiego. Quizá en una superstición, aunque tampoco: no es que yo creyera que me iba a ir mal el día si no compartía con ellos el desayuno, quiero decir a distancia; era sólo que lo iniciaba con el ánimo más bajo o con menos optimismo sin la visión que me ofrecían a diario, y que era la del mundo en orden, o si se prefiere en armonía. Bueno, la de un fragmento diminuto del mundo que contemplábamos muy pocos, como pasa con todo fragmento o vida, hasta la más pública o expuesta”.

Para María, su mundo en orden era el sinónimo de la normalidad que describe Antonio Muñoz Molina en Ventanas de Manhattan: “uno quiere, ante todo, creer que la normalidad no va a romperse, y se aferra a sus hábitos con más fuerza que nunca en medio de una crisis que en cualquier momento podría destruirlos, como si al repetir lo que ha estado haciendo cada día asegurara su propia perduración, segregara una sustancia que lo irá protegiendo. Acomodarse casi de cualquier manera a un principio mínimo de normalidad es seguramente un método instintivo de supervivencia: pero también puede ser una forma pasiva de autodestrucción, un resignarse anticipadamente a la inevitabilidad del fin”.

Igual como María, también a Muñoz Molina le gustaba ver pasar la vida en un café de Manhattan. “El café es un buen sitio para ver pasar la vida, para observar de cerca y a la vez no comprometerse, no sentirse atrapado o encerrado. En casa uno fácilmente puede sentirse encerrado, agobiado por la falta de horizonte, por la excesiva familiaridad de las cosas. En el café se es a la vez sedentario y transeúnte, y si uno tiene la suerte de ocupar una mesa junto al ventanal, la situación es admirable, perfecta: uno es la estampa involuntaria del desconocido que mira la calle tras los cristales del café, y esa figura, ese anonimato, le concede una visión alejada y un poco novelesca de sí mismo. Escribiendo en el café uno no se aparta del mundo exterior para recluirse en la claustrofobia de la literatura. Lo que se escribe en el café queda empapado, transido por las cosas que están ocurriendo alrededor de uno, tiene una respiración más generosa, una cualidad de inmediatez, de azar, de la que carece la escritura hecha en el cuarto de trabajo”.

De golpe, la muerte rompe el orden cotidiano de María Dolz y del resto de protagonistas de la novela provocando un dolor  y una aflicción que, como dice Anthony de Mello en su obra Llamada al Amor revelan la dependencia hacia los demás. De Mello reta a sus lectores a conocer una forma de medir su grado de rigidez y de inercia: “Observa el dolor que experimentas cuando pierdes una persona, una cosa o una idea muy querida. ¿Por qué te aflige tanto la muerte de un ser querido? Porqué nunca te has parado a pensar seriamente que todas las cosas cambian, pasan y mueren.  Para vivir debes afrontar la realidad y liberarte del temor a perder las personas, adquirir el gusto por la novedad, el cambio y la incertidumbre. Si lo que ambicionas es la vida debes buscar el optimismo de la libertad”.

Las cosas comunes que nos rodean durarán más que nosotros dice Borges: No sabrán nunca que nos hemos ido. Cierto, muy cierto.

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El arte de amar

Hace un rato, he mantenido una breve pero intensa conversación con una amiga que no está pasando por su mejor momento emocional y que está atravesando una fuerte crisis de pareja. Amar es realmente difícil y, cómo dice Erich Fromm, es todo un arte. Un arte difícil de dominar como demuestra la gran cantidad de enamoramientos y desenamoramientos que se producen a nuestro alrededor a un ritmo de vértigo.

“El amor y la muerte no tienen historia propia”, afirma con gran contundencia Zygmunt Bauman en su obra El Amor Líquido. Son acontecimientos del tiempo humano, cada uno de ellos independiente, no conectado a otros acontecimientos similares, salvo en las composiciones humanas retrospectivas, ansiosas por localizar -por inventar- esas conexiones y comprender lo incomprensible. Y por eso es imposible aprender a amar, tal como no se puede aprender a morir. Y nadie puede aprender el elusivo -el inexistente aunque intensamente deseado- arte de no caer en sus garras, de mantenerse fuera de su alcance. Cuando llegue el momento, el amor y la muerte caerán sobre nosotros, a pesar de que no tenemos ni un indicio de cuándo llegará ese momento. Sea cuando fuere, nos tomarán desprevenidos. En medio de nuestras preocupaciones cotidianas, el amor y la muerte surgirán de la nada.

Dice Bauman que el amor parece gozar de un estatus diferente que los otros acontecimientos excepcionales. De hecho, podemos enamorarnos más de una vez y algunas personas se enorgullecen o se quejan de que se enamoran y se desenamoran con demasiada facilidad. Esa súbita abundancia y aparente disponibilidad de “experiencias amorosas” llega a alimentar la convicción de que el amor es una destreza que se puede aprender y que el dominio de esa materia aumenta con el número de experiencias y la asiduidad del ejercicio. Sin embargo, sólo es otra ilusión… Se puede aprender a desempeñar una actividad que posee un conjunto de reglas invariables que se corresponden con un entorno estable, monótonamente repetitivo que favorece el aprendizaje, la memorización y el paso a la práctica. En un entorno inestable, la retención y la adquisición de hábitos no sólo son contraproducentes, sino que sus consecuencias pueden resultar fatales.

Erich Fromm afirma que si dos personas desconocidas dejan caer de pronto la barrera que las separa y se siente cercanas, se sienten uno, ese momento de unidad constituye uno de los más estimulantes y excitantes de la vida. Sin embargo, tal tipo de amor es, por su misma naturaleza, poco duradero. Las dos personas llegan a conocerse bien, su intimidad pierde cada vez más su carácter milagroso, hasta que su antagonismo, sus desilusiones, su aburrimiento mutuo, terminan por matar lo que pueda quedar de la excitación inicial. No obstante, al comienzo no saben todo esto: consideran la intensidad de apasionamiento , ese estar locos el uno por el otro, como una prueba de la intensidad de su amor, cuando sólo muestra el grado de su soledad anterior.

Como dice Jorge Bucay en su libro “Amarse con los ojos abiertos” (el mejor que he leído de este autor), “esta es la maravilla del enamoramiento: dejamos de pelear con nosotros mismos por un tiempo”. Dice Bucay que muchas parejas terminan separándose porque creen que con otro sería distinto y, por supuesto, después se encuentran con situaciones similares en las que lo único que ha cambiado es el interlocutor.

Bucay explica, en boca de uno de sus personajes, que en nuestra cultura se confunden las cosas y no se acepta que pueda querer mucho a mi pareja y a la vez que pueda disfrutar con otras personas. Partimos siempre de la falsa idea de que la persona adecuada puede y debe darme todo lo que necesito. ¿Por qué no empezar a cambiar la mentalidad y validar lo que está ocurriendo en lugar de seguir intentando relaciones imposibles? Aceptaremos en última instancia lo que es obvio: que en realidad sí que podemos amar a varias personas a la vez, aunque nos relacionemos con ellas de diferentes maneras.

No existe ninguna otra actividad que se inicie con tan tremendas esperanzas y expectativas, y que, no obstante, fracase tan a menudo como el amor, sentencia Fromm. Sin embargo, cuando surge nos transforma. Dure poco o mucho, sea platónico o correspondido, el amor provoca una profunda transformación vital.  Y esta transformación nos acompaña el resto de nuestros días….Queramos o no….

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